La politica exterior de la Noruega moderna
En 1905 rompió Noruega la Unión que la vinculaba con Suecia, recuperando de esta manera su independencia. Ello implicaba, al mismo tiempo, el final de casi 6 siglos de lazos de unión con sus vecinos escandinavos.
Por Rolf Tamnes
Ya en esta época se percibe como línea directriz de la política exterior noruega la rivalidad entre una tendencia orientada hacia el exterior y un impulso de carácter más cerrado y aislacionista. La perspectiva de la orientación hacia el exterior se debe al hecho de que Noruega está rodeada por mar al Norte, al Oeste y al Sur. Su política económica y exterior han dado, por lo tanto, gran importancia a los intereses relativos a la explotación de los recursos del mar – la pesca y captura de mamíferos marinos, el transporte marítimo y más tarde, la actividad de prospección y extracción del petróleo. En lo descrito residen razones de peso que fundamentan tanto el intento de expansión por parte de Noruega como el concepto, cada vez más extendido, de su pertenencia al mundo atlántico. Esto quedó ya de manifiesto en el transcurso de las guerras napoleónicas ocasión en que, a causa del juego político de las grandes potencias, Noruega tuvo que abandonar la unión con Dinamarca e iniciarla con Suecia contra su voluntad. Por el lado noruego, algunos esperaban que Noruega se vinculase con Inglaterra en lugar de con Suecia. A tal fin, se envió a Londres en 1813 una delegación, cuya misión era averiguar las posibilidades de convertir a Noruega en protectorado británico conservando su autonomía interna. El establecimiento de vínculos con el Oeste continuó siendo uno de los pilares de la política exterior noruega. Trygve Lie, Ministro de Asuntos Exteriores durante la II Guerra Mundial, sostenía, en efecto, que los noruegos eran gentes navegantes que formaban parte de un antiguo pueblo atlántico, señalando además que toda nuestra historia es un ejemplo de que el mar permitía crear vínculos. En dicha afirmación se basaría igualmente la posterior adhesión de Noruega al Pacto Atlántico.
Del otro lado encontramos presente en la concepción de la política exterior noruega el impulso de introversión y aislacionista. Existe en Noruega desde 1905 una profunda desconfianza hacia cualquier participación en la cooperación internacional de la que pudieran derivarse obligaciones para el país y, ante todo, respecto de tomar parte en la cooperación europea en sus diferentes modalidades. Se puede decir que Noruega muestra la espalda al continente euroasiático y ofrece la cara al mundo atlántico. Este imperioso deseo de aislamiento y aislacionismo era un reflejo de la situación geográfica de Noruega, nación periférica alejada de los centros de gravedad económicos, culturales y de poder político del mundo, y al mismo tiempo, del legado de la dominación ejercida a distancia primero por Dinamarca y después por Suecia, una experiencia cuyo resultado más visible era el rechazo de plano por parte del pueblo noruego de cualquier relación con trazas de supranacionalidad o "unión".
El aparato de la política exterior
Una vez libre, Noruega tenía que construir sus servicios de Asuntos Exteriores a ras de cero. Los servicios comunes de Noruega y Suecia en los tiempos de la Unión estaban dirigidos desde Estocolmo por el monarca sueco y su ministro de Asuntos Exteriores. Si bien unos pocos noruegos habían sido funcionarios del servicio común de ambos países, el Gobierno noruego tenía muy poco o ningún peso en materia de política exterior y no disponía de aparato administrativo alguno para defensa o representación de intereses específicamente noruegos en el extranjero. La creación de un cuerpo consular propio bajo control noruego para defensa de los intereses de la importante flota mercante del país, que se hallaba por entonces en plena expansión, fue un elemento importante de la controversia que acabó por disolver la Unión.
El precursor del servicio noruego de Asuntos Exteriores había existido desde 1899, año de la creación de la Oficina de Asuntos Exteriores, Comercio y Transporte Marítimo en el seno del Ministerio del Interior, por iniciativa de Sigurd Ibsen, diplomático y político a cuyo cargo habían estado las estaciones de Asuntos Exteriores de Washington y Viena. El Sr. Ibsen fue el primer Jefe de la Oficina, desempeñando un papel central en la planificación del cuerpo consular noruego. En 1902, el Ministerio del Interior volvió a ser bautizado, esta vez con el nombre de Ministerio de Asuntos Exteriores, Comercio, Transporte Marítimo e Industria. Por decisión unánime del Storting el 7 de junio de 1905, relativa a la disolución de la Unión con Suecia, quedó establecido el Ministerio de Asuntos Exteriores. A continuación, la Noruega independiente envió sus primeros mandatarios diplomáticos a Copenhague, Estocolmo, Londres, París, Berlín, San Petersburgo y Washington. La mayoría de los funcionarios noruegos de los servicios consulares de la Unión, pasaron a ocupar los puestos correspondientes en el nuevo servicio de Asuntos Exteriores noruego. De esta manera quedaban sentadas las bases principales de los servicios exteriores de Noruega. El desarrollo de tradiciones y cultura diplomáticas requirió, no obstante, mucho más tiempo.
Norueguización y expansión
La disputa de la Unión con Suecia había contribuido a reforzar las corrientes de corte nacionalista en Noruega. Tarea importante a realizar en años consecutivos fue la de consolidar el trabajo de independencia y hacer de Noruega un país más importante y más "noruego". Esto quedó expresado, en primer lugar, en las Leyes de Concesiones (1906-1917), parte integrante de una política cuyo objetivo era "la emancipación económica". Por medio de las Leyes de Concesiones se imponían restricciones a la venta a súbditos extranjeros de sistemas hidrográficos, canteras y bosques noruegos. En segundo lugar, las autoridades noruegas intentaron llevar a cabo la homogenización étnica y la norueguización del Norte del país con relación a los Sami (pueblo lapón), los "Kvenes" – minoría de orígen finés asentada en la Noruega septentrional hacia el siglo XVII – y la influencia rusa en la región. En tercer lugar, Noruega puso empeño en ampliar sus límites territoriales marítimos y, ante todo, en someter Spitsbergen a la soberanía noruega.
Spitsbergen era por este tiempo considerada "terra nullius", o tierra de nadie. A principios del siglo XX, se descubrieron yacimientos de hulla en Spitsbergen, lo que propició el establecimiento en el archipiélago de varias compañías mineras. Con ello sugieron conflictos acerca del derecho de propiedad del suelo y se hizo cada vez más necesaria la existencia de directrices administrativas. Así las cosas, Noruega intentó obtener un puesto especial en el gobierno del archipiélago. De preferencia, se deseaba que Spitsbergen se convirtiera en territorio noruego. La cuestión del régimen de gobierno conjunto de Spitsbergen fue tema de debate en tres conferencias internacionales celebradas en Oslo en años precedentes a la I Guerra Mundial – en 1914 la última – , sin que en ninguna de ellas se lograse llegar a un acuerdo al respecto.
Durante la conferencia de Paz de Versalles en 1919, Noruega tomó la iniciativa para lograr una solución que implicaba poner Spitsbergen a su cargo. Las negociaciones culminaron con la firma de un acuerdo en París el 9 de febrero de 1920, en virtud del cual se concedía a Noruega la soberanía de Svalbard – denominación que incluye tanto Spitsbergen como las islas vecinas, contempladas por las disposiciones del acuerdo –. Las razones del éxito de las pretensiones noruegas en esta ocasión eran múltiples. Noruega gozaba de la estima de EE UU por la participación de la flota mercante noruega en la lucha contra Alemania durante la I Guerra Mundial. Tanto Alemania como Rusia/la Unión Soviética quedaron relegados a la condición de países "parias" al concluir la guerra y no participaron en las negociaciones de paz ni tampoco en las conversaciones previas a la firma del Tratado sobre Svalbard. Además, varios países no tenían ahora intereses económicos particulares en el archipiélago. Finalmente, se ha de mencionar que Noruega se comprometió a asegurar a los súbditos de las potencias signatarias idénticos derechos en la actividad económica, e igualmente, a "no establecer ni permitir el establecimiento de bases navales... ni edificar fortificaciones en dichas regiones", además, el archipiélago no debía nunca "ser utilizado con fines bélicos". Ratificado el Tratado por las potencias signatarias originarias, Svalbard pasó a formar parte del Reino de Noruega en agosto de 1925. Noruega adquirió así la soberanía de una zona ártica de 62.400 km2 de superficie, o lo que es igual, un quinto de la extensión de la Noruega continental.
Para Noruega era un problema que la Unión Soviética no se hubiera adherido al tratado. Este extenso país vecino tenía claros intereses económicos en el archipiélago. A cambio de aceptar la soberanía de Noruega, el Gobierno soviético ponía la condición de que ésta, a su vez, aceptara la legitimidad de su poder. La conclusión del acuerdo entre los dos países data de 1924, si bien la Unión Soviética no se adhirió formalmente al tratado hasta 1935.
Noruega y la política de grandes potencias europeas
A partir de 1905, la opinión más extendida en Noruega pretendía que el país no estaba expuesto a peligro militar. Su posición geográfica periférica parecía de por sí constituir una forma de protección. No había habido guerras en la península escandinava desde 1814 y la disolución de la Unión con Suecia en 1905 se logró, finalmente, por medios pacíficos. Al mismo tiempo, esta distanciación de la política de poder coincidía muy bien con la corriente aislacionista predominante e igualmente, al deseo noruego de mantenerse al margen de las sombrías realidades de la política de las grandes potencias.
La política noruega de defensa y asuntos exteriores se construyó sobre esta base y en torno a cuatro líneas directrices de política de defensa: la primera de ellas era libertad de alianzas en tiempos de paz para poder permanecer neutral en caso de conflicto armado. Jørgen Løvland, primer Ministro de Asuntos Exteriores de Noruega, sostenía en el otoño de 1905 que se trataba de mantener a Noruega al margen de intrigas y alianzas susceptibles de arrastrar al país a aventuras bélicas junto con algunos de los "estados europeos". La segunda línea directriz era la de mantener una capacidad militar relativamente sólida, construída en el contexto de la conflictiva Unión con Suecia, que duró hasta 1905. La tercera línea directriz de política de defensa descansaba sobre las disposiciones de Derecho Internacional Público en materia de paz y seguridad. Lo anterior reflejaba la idea de que Noruega podía desempeñar un papel civilizador en el escenario de la política internacional, satisfaciendo, al mismo tiempo, la necesidad propia de las naciones pequeñas de anclar su seguridad en el Derecho de Gentes.
De forma general, Noruega participaba activamente en el trabajo preliminar a la elaboración de acuerdos para la solución pacífica de conflictos internacionales susceptibles de generar guerras y en los esfuerzos para ampliar la libertad de acción de las potencias neutrales en caso de conflicto armado. Para ser más concretos, Noruega suscribió en 1907 con las grandes potencias europeas – Francia, Alemania, Gran Bretaña y Rusia – un tratado por el que se garantizaba su integridad. Noruega deseaba, en principio, que se garantizase internacionalmente su neutralidad, de forma que estuviera protegida tanto frente a las grandes potencias como contra la eventualidad de un revanchismo sueco. Este objetivo quedó sin cumplir. En lugar de lo anterior, el acuerdo de 1907 aseguraría la integridad e inviolabilidad de Noruega. Más tarde, el tratado fue criticado por muchos que consideraban tal garantía un ataque a la soberanía del país. El tratado garantizando la integridad del país perdió vigencia en la década de 1920.
La cuarta línea directriz de política de defensa era la idea de la garantía británica. Guardar relaciones amistosas con Gran Bretaña fue considerado un objetivo de primer orden de la política exterior noruega. Los noruegos partían de la base de que los británicos, con su gran flota y en interés propio, considerarían ventajoso proteger a Noruega. En cualquier caso, se consideraba de importancia vital estar del lado británico en caso de conflicto entre las grandes potencias. Este vínculo con Gran Bretaña tenía carácter implícito, siendo raramente expresado en público, por no armonizar bien con la doctrina oficial de libertad de alianzas y neutralidad y ser más bien una posición alternativa para la eventualidad de que, contra todo pronóstico, Noruega fuera involucrada en guerras entre potencias. En 1908, sin embargo, Gunnar Knudsen, Primer Ministro noruego, afirmó que si se ejercía presión sobre Noruega , "we shall place our trust in the British nation, mindful of the new link forged by our Queen" (pondremos nuestra confianza en la nación británica, conscientes del nuevo lazo creado por nuestra Reina). Lo último hacia referencia al hecho de que Noruega, en 1905, había elegido rey al príncipe Carl de Dinamarca, quien, seguidamente, había adoptado el nombre de Haakon VII. Una de las razones que justifican su elección era que estaba casado con la princesa Maud, hija menor de Eduardo VII de Inglaterra.
La I Guerra Mundial fue el anticipo de la guerra total, en la que no había lugar para una política imparcial. En 1914, inmediatamente después de estallar la guerra, los monarcas de Dinamarca, Suecia y Noruega ratificaron el estatuto de neutralidad de sus países respectivos en reunión celebrada en la ciudad sueca de Malmø. La pretensión noruega de mantener una política de neutralidad fue sometida a duras pruebas, en gran parte por los intereses propios de Noruega, nación predominante en materia de tráfico marítimo. La posición del país era comprometida entre los bloqueos y sus violaciones y en situaciones en las que el uso de submarinos en las hostilidades desempeñaba un papel importante. Los intentos de las potencias aliadas de poner en marcha el bloqueo total de Alemania, junto con la despiadada guerra submarina alemana de 1917, hicieron muy difícil para los pequeños países neutrales tratar por igual a las partes beligerantes sin volver la espalda a las leyes internacionales.
Noruega tenía especiales dificultades en mantener una estricta política de neutralidad con respecto a Gran Bretaña, por estar bajo el control británico una parte considerable de las provisiones y avituallamiento; entre otras cosas, el carbón, del que dependía la economía noruega. Utilizando dicha dependencia como medio de presión, los británicos lograron en gran medida aplicar los recursos aportados por Noruega a potenciar las acciones bélicas de los Aliados. La entrada de los americanos en la guerra intensificó aún más dicha presión. Noruega tuvo que aceptar que el grueso de las exportaciones del país sirviera para cubrir las necesidades de los Aliados, al mismo tiempo que las exportaciones a Alemania se redujeron considerablemente. De esta manera, Noruega acabó convirtiéndose en un "aliado neutral" de los paises de la Alianza franco-británica. Esta adaptación a las potencias occidentales no sólo obedecía a las realidades del poder político, sino que también servía a los intereses noruegos – económicos e ideológicos – a la hora de optar por un flanco.
Expansión y seguridad colectiva en los años entre las dos Guerras Mundiales
En los años entre 1918 y 1935, muchos países se vieron afectados por conflictos sociales y económicos y por la fragmentación de la vida política. Noruega no fue ninguna excepción. El estado liberal y el sistema parlamentario tuvieron que afrontar retos tanto por parte de la izquierda como por parte de la derecha. La izquierda se radicalizó y desarrolló una verdadera fascinación por la Unión Soviética. Del lado de la derecha, asistimos a la emergencia de fuertes corrientes nacionalistas y aislacionistas. Algunos de estos grupos mostrarían en los años 30 mucha simpatía por la nueva Alemania Nazi.
A pesar de esta fragmentación, era significativa la ambición común de extender aún más los límites de Noruega, que se expresó por el intento de ampliar la zona territorial de pesca. Esta tentativa provocó un conflicto entre Noruega y Gran Bretaña, que amenazó con el boicoteo comercial y la protección militar de sus barcos pesqueros. En 1935, Noruega amplió de todos modos sus fronteras frente a su costa septentrional, medida aprobada por el Tribunal Internacional de la Haya en 1951. Otra de las expresiones de la política de expansión llevada a cabo por Noruega fue el intento de anexionar territorios en la región antártica. Los intereses económicos y comerciales derivados de la caza de la ballena, sumados a la consideración del prestigio nacional, permitieron la incorporación al Reino de Noruega de la Isla de Bouvet en 1928 y de la Isla de Pedro I en 1931. En 1939, Noruega anexionó también la Tierra de la Reina Maud. Mayores discrepancias, por el contrario, había en Noruega acerca de si era correcto o no desafiar las pretensiones de Dinamarca respecto a Groenlandia Oriental. A principios de la década de 1930 y bajo el influjo de corrientes nacionalistas de derechas, las autoridades noruegas intentaron la anexión de dicho territorio, intento que se saldó con una humillante derrota ante el Tribunal de la Haya en 1933.
La doctrina de política exterior acuñada en los años posteriores a 1905 siguió en vigor durante los años de entreguerras. Las experiencias de la I Guerra Mundial no habían alterado esta doctrina. Si bien Noruega había sido sometida a fuertes presiones, había logrado evitar ser ocupada y también, hasta cierto punto, conservar su neutralidad. La idea existente acerca de una garantía británica implícita seguía igualmente en pie. Era, sin embargo difícil percibir amenazas directas contra Noruega. En este periodo decayó la situación del ejército, porque no estaba demostrado que hubiera amenaza exterior alguna, por la extendida creencia en las soluciones colectivas y a consecuencia de los graves problemas financieros por los que atravesó el Estado y de los violentos conflictos de clases en el interior del país.
La creación de la Sociedad de las Naciones en 1920 marcó para muchos el comienzo de una nueva era. La adhesión de Noruega a la Sociedad de las Naciones no fue, de todas maneras, pacífica. Firmar el Pacto de la Sociedad presuponía la actuación colectiva y solidaria en caso de agresión a la paz mundial. Los partidarios a ultranza de la neutralidad temían que la entrada de Noruega en la Sociedad de las Naciones minara su política de asuntos exteriores basada en dicha neutralidad. Les preocupaban en particular las posibilidades que abría el tratado de poner en práctica sanciones contra los agresores, pues se temía que esto pudiera arrastrar Noruega a ejercer la política de las grandes potencias. Además, el creciente movimiento obrero – que por esta época se había convertido en un importante factor político en Noruega – estaba en contra de la adhesión, por considerar que la Sociedad de las Naciones era una alianza de los vencedores de la I Guerra Mundial contra los vencidos: la Unión Soviética y Alemania. Estos escrúpulos, entretanto, no prevalecieron, tanto más cuanto que el peligro de guerra no era inminente. En marzo de 1920, el Storting ratificó el Pacto de la Sociedad de las Naciones por 100 votos a favor y 20 en contra.
Al lado de sus vecinos escandinavos, Noruega se convirtió en miembro activo de la Sociedad de las Naciones. Los representantes escandinavos trabajaban especialmente por potenciar la influencia de los pequeños países, de manera que se reforzasen las posibilidades de la Sociedad de las Naciones de lograr por vía de negociación la resolución pacífica de las controversias internacionales y potenciar sus esfuerzos para fomentar la reducción de armamentos. Un aspecto muy particular del compromiso noruego fue la polifacética labor humanitaria de Fridtjof Nansen. En calidad de Alto Comisario de la Sociedad de Naciones, Nansen dirigió la repatriación de 450.000 prisioneros de guerra, la mayoría de ellos oriundos de Siberia y del Sureste Europeo. A continuación, se encargó de proporcionar ayuda de emergencia a millones de refugiados y personas sin cobijo, víctimas de la I Guerra Mundial. Muchos de los refugiados no disponían de documentos nacionales de identidad. Nansen introdujo un nuevo tipo de documento de tránsito de validez internacional que consiguió fuera reconocido por los gobiernos de más de 50 naciones. El pasaporte Nansen permitió el reasentamiento de un gran número de refugiados en nuevos países. En 1922, se concedió el Premio Nobel de la Paz a Fridtjof Nansen, en reconocimiento de su labor por la causa de los refugiados. Por esta época, Nansen estaba realizando otra difícil misión en representación de la Cruz Roja Internacional: la de proporcionar ayuda humanitaria a millones de rusos que morían de inanición durante la hambruna que provocaron sucesivamente la I Guerra Mundial, la revolución y la guerra civil. En 1922, al concluir la guerra entre Grecia y Turquía y respaldado por el apoyo de la Sociedad de las Naciones, dirigió el intercambio de casi dos millones de refugiados de ambos países. Con su compromiso personal, Nansen contribuyó a crear una tradición noruega en materia de ayuda humanitaria y de asistencia internacional.
El sistema del colectivismo se fue desmantelando a lo largo de la década de 1930. La Unión Soviética y Alemania, ésta última bajo el mando de Adolfo Hitler, compartieron el papel de protagonistas en el escenario europeo y el derecho tuvo que ceder ante el uso de la fuerza. Lo anterior cambió también las condiciones-marco en que se insertaban la política exterior y la defensa de Noruega. En 1936 comenzó el replanteamiento cuidadoso de la política de defensa a través de la concesión de medios extraordinarios para el ejército. A consecuencia de la evolución operante desde comienzos de los años 30, la antinomia de la neutralidad noruega y la exigencia de tomar parte en las sanciones internacionales se convirtió en el problema crucial. Las reacciones de los países occidentales ante el ataque de Manchuria por parte del Japón, la salida de Alemania de la Sociedad de las Naciones y el ataque de Italia a Etiopía dejaron en claro que la sociedad internacional no había encontrado ninguna solución a este problema fundamental. La reacción del mundo occidental fue más que nada de condescendencia. En esta situación, Noruega tuvo que reconocer que el sistema de seguridad colectiva había perdido la partida y que la política de sanciones llevaba implícito el peligro de ser arrastrado a una guerra con las superpotencias. En 1936, Noruega, sus vecinos escandinavos y otros pequeños países miembros se aliaron para declarar que ya no se sentían obligados a apoyar las sanciones impuestas por la Sociedad de las Naciones. Dos años más tarde, el Storting decidió que Noruega se mantendría al margen de conflictos armados y neutral en cualquier guerra que no se considerase el resultado de la aplicación del Pacto de la Sociedad de las Naciones.
Con ello podemos decir que Noruega volvió a practicar una "política de neutralidad estricta" y de aislamiento, tras haber degustado el compromiso y las obligaciones políticas internacionales en las condiciones del Pacto de la Sociedad de las Naciones. La alternativa válida para muchos pequeños países fue la de reforzar sus relaciones bilaterales con las grandes potencias geográficamente cercanas: en el caso de Noruega, lo más natural fue poner los ojos en Gran Bretaña.
Noruega durante la II Guerra Mundial. Ocupación de Noruega y reorientación de su política exterior
Al estallar la II Guerra Mundial en el otoño de 1939, el Gobierno noruego estaba firmemente decidido a mantenerse neutral. La opinión imperante seguía siendo que no existía peligro alguno de ataque por parte de las grandes potencias, si bien la costa suroccidental de Noruega podía verse afectada por acciones bélicas. Pronto, sin embargo, afectaron a Noruega las repercusiones económicas de las hostilidades. Además, Noruega estaba en peligro de ser arrastrada al conflicto como consecuencia de los planes franco-británicos de sembrar de minas las aguas territoriales noruegas y de enviar tropas a Narvik, en parte para ayudar a Finlandia durante la campaña de invierno, pero también para poner fín al embarco de mineral de hierro sueco a través del puerto de esta ciudad.
El sueño de conservar el estatuto de neutralidad se desvaneció la noche del 9 de abril de 1940, cuando Alemania mediante la operación Weserübung inició la invasión de Noruega con fuerzas navales y aéreas. Tras dos meses de combates, Noruega, débil y poco preparada en términos militares, depuso toda resistencia. En el otoño de 1939, los británicos se habían comprometido a acudir en ayuda de Noruega en caso de guerra. Tropas inglesas, francesas y polacas acudieron en auxilio de Noruega, pero estaban mal pertrechadas para combatir en condiciones difíciles. En mayo de 1940, en las batallas de Narvik, estas fuerzas unidas a las noruegas que mandaba el general C.G. Fleischer infligieron a las tropas de Hitler su primera derrota importante en el transcurso de la II Guerra Mundial. Pero las tropas internacionales fueron retiradas al comenzar la ofensiva de los alemanes en el frente Oeste y las fuerzas noruegas eran por sí solas demasiado escasas y débiles. El Primer Ministro Johan Nygaardsvold reaccionó con gran amargura ante lo que él consideraba una traición por parte de los británicos. A finales de mayo de 1940, el Sr. Nygaardsvold afirmó en público lo siguiente: "creíamos que Inglaterra, en interés propio, iba a hacer todo lo posible para expulsar a los alemanes de Noruega".
A continuación, el Rey Haakon VII y el Gobierno noruego se expatriaron a Gran Bretaña y prosiguieron la lucha contra alemanes desde el flanco de los Estados Aliados. La principal contribución de Noruega al esfuerzo bélico fue su importante marina mercante, que el Gobierno noruego controlaba desde Londres. Aproximadamente la mitad del tonelaje representado por la flota fue hundida en el transcurso de la guerra.
La invasión alemana de Noruega echó por tierra la doctrina establecida de neutralidad aislada. La situación geográfica del país no le protegía ya. Noruega no podía seguir existiendo aisladamente y basar su seguridad en una vaga e implícita garantía por parte de los británicos. Una nueva generación de políticos e intelectuales cincelaron el nuevo curso de la política de seguridad noruega. El ex Primer Ministro Trygve Lie, que en el otoño de 1940 se convirtió en titular del Ministerio de Asuntos Exteriores del Gobierno noruego en el exilio en Londres, desempeñó un papel primordial en los trabajos emprendidos para trazar el nuevo curso de esta política. Noruega se había convertido en aliada de facto de Gran Bretaña el día 9 de abril de 1940, sin que existiera pacto militar alguno entre ambas naciones hasta mayo de 1942. Era asímismo interesante constatar que, después de la II Guerra Mundial, Trygve Lie propugnaba la idea de que Noruega necesitaba asegurar su defensa en estrecha cooperación con las grandes potencias occidentales. Los pensamientos del Sr. Lie quedaron plasmados en el documento "Líneas directrices de la política exterior noruega", que fue aprobado por el Gobierno de Londres en mayo de 1942. El documento argumentaba en favor de la cooperación militar regional noratlántica con Gran Bretaña y los Estados Unidos de América. El objetivo de dicha cooperación era una mejor preparación frente a amenazas por parte de Alemania en el futuro, si bien las disposiciones resultaban prácticas de cara también a la eventualidad de una agresión soviética, posibilidad que estaba en la mente de varios miembros del Gobierno noruego.
En fases posteriores de la guerra, la idea de la cooperación atlántica para asuntos de defensa fue relegada al segundo plano, por importar entonces más la creación de una nueva organización mundial. Al mismo tiempo, cobró importancia para Noruega el establecimiento de relaciones de amistad con la Unión Soviética, que ahora se había convertido en poderoso actor en el escenario internacional y en territorios geográficamente próximos. Además, las fuerzas soviéticas habían iniciado la liberación de Finnmark y puesto en fuga a las tropas alemanas hacia el Oeste.
Las autoridades noruegas consideraban difícil vivir a la sombra de la nueva superpotencia. El Gobierno dudaba en principio de que los rusos tuvieran la intención de retirarse de Finnmark. Y lo hicieron, pero nos consta actualmente que ciertos altos funcionarios del poder ejecutivo soviético ejercían presiones para que se siguiese una línea más activa respecto a Noruega y deseaban anexionar la parte occidental de Finnmark a la Unión Soviética.
La reivindicación rusa de Svalbard en noviembre de 1944 supuso un desafío aún mayor. Al mismo tiempo que los rusos llevaban a cabo la liberación de Finnmark, el Ministro de Asuntos Exteriores soviético, V.M. Molotov, proponía, en desacuerdo con el tratado, poner Svalbard bajo una administración conjunta noruego-soviética y traspasar a la Unión Soviética el dominio de Bjørnøya, la isla más meridional del archipiélago. Molotov era consciente de que la Unión Soviética había sido excluída de las negociaciones y de que el acuerdo había sido aprobado sin su participación y en contra de sus intereses. Ante esta situación, el Gobierno noruego optó primero por una línea condescendiente. Con ser cierto que rechazó el núcleo de las reivindicaciones soviéticas, no lo es menos que dejó abierta la posibilidad de negociar un nuevo tratado y que era favorable a la firma de un acuerdo sobre el mando militar conjunto – noruego-soviético – de Svalbard. Afortunadamente para Noruega, la Unión Soviética abandonó la cuestión del estatuto de Svalbard en la fase final de la guerra, pero volvió a traerlo a colación a finales de 1946, proponiendo negociaciones al efecto. Las circunstancias eran diferentes entonces, tanto en Noruega como en el resto del mundo y las autoridades noruegas llegaron a la conclusión de que el estatuto de Svalbard debía permanecer inalterado. La iniciativa soviética dio pie, sin embargo, a susceptibilidades noruegas respecto de la potencia oriental vecina y al mismo tiempo, a crear una actitud de prudencia ante diversas modalidades de administración compartida con los rusos en la zona Norte.
Preludio de la incorporación de Noruega a la Alianza Atlántica
El embajador de los EE UU de América en Noruega puntualizaba en diciembre de 1945: "Noruega ha optado por una política exterior que puede describirse como tan probritánica y proamericana como se atreve a establecerla, tan prosoviética como debe ser y tan pro- ONU como puede". Esta afirmación encierra tres aspectos esenciales de la política exterior noruega posterior a la II Guerra Mundial. Las autoridades noruegas fueron cautelosas con relación a Moscú, en primer lugar por razones de poder político, pero también porque los rusos gozaban de popularidad en Noruega, dado el papel activo que desempeñaron durante la Guerra. De una parte, los EE UU indicaron en una ocasión que los noruegos "les tenían miedo patológico a los rusos". De otra, Noruega mantuvo firmemente su apoyo a las soluciones colectivas. El Storting ratificó el Pacto de las Naciones Unidas sin la oposición que veinticinco años atrás había encontrado el Pacto de la Sociedad de las Naciones. La relación de Noruega con las Naciones Unidas se fortaleció aún más por la elección de Trygve Lie como primer Secretario General de la Organización Mundial (1946-1953). Durante un tiempo, Noruega procuró también desempeñar el papel de mediador en las relaciones Este-Oeste, si bien desapareció a medida que dichas relaciones fueron enfriándose. Entonces, Noruega optó por mantener un perfil discreto. Halvard Lange, sucesor de Trygve Lie en el Ministerio de Asuntos Exteriores, afirmó en cierta ocasión que Noruega debía cooperar con todos, sin tomar partido por ninguno de los dos bloques.
Con la instauración de la Guerra Fría, Noruega comenzó, no obstante, a orientarse progresivamente hacia el Oeste, también por lo que se refiere a su política oficial. Esto se debe a lo que podemos llamar el "síndrome del 9 de abril". Por ser un país pequeño, Noruega sería arrastrada a un eventual conflicto armado entre grandes potencias y, en tal caso, necesitaría ayud